Con la fiebre del Mundial de fútbol en plena ebullición, quisimos ir más allá de la cancha y comparar cómo los primeros equipos en disputar la copa, México y Sudáfrica, también podrían enfrentarse en otro terreno: el de la decoración de sus hogares.
El recorrido comienza en México, donde el color es uno de los elementos más distintivos de los hogares. Los muros claros suelen servir de fondo para tonos terracota, azules intensos y el característico rosa mexicano, una paleta influenciada tanto por los paisajes del país como por las tradiciones indígenas y coloniales.
Aunque estas características tienen raíces mucho más antiguas, durante el siglo XX adquirieron una nueva relevancia. Tras la Revolución Mexicana, arquitectos y artistas impulsaron una revalorización de las expresiones culturales locales, un proceso que encontró en figuras como el arquitecto Luis Barragán a uno de sus principales exponentes.
Su obra contribuyó a consolidar una estética donde el color y la luz pasaron a ocupar un lugar destacado en la arquitectura mexicana contemporánea, reinterpretando elementos que ya formaban parte de la tradición constructiva del país.


A ello se suma el predominio de materiales naturales como la madera, la piedra, el barro y la terracota. Presentes desde hace siglos en la arquitectura mexicana, estos recursos se manifiestan en pisos de barro cocido, vigas de madera expuestas, muros de piedra o adobe y detalles de hierro forjado. Esa valoración por las materialidades nobles encuentra hoy continuidad en objetos contemporáneos elaborados con técnicas tradicionales y fibras naturales.
La artesanía también forma parte de la vida cotidiana. Textiles, cerámicas y muebles hechos a mano conviven con piezas contemporáneas, configurando interiores estrechamente ligados a la identidad de cada región. Muchas de estas tradiciones, además, combinan técnicas prehispánicas con influencias introducidas durante el período colonial, como ocurrió con la cerámica de Talavera, desarrollada a partir del siglo XVI.
Esa relación entre utilidad y oficio puede encontrarse en piezas actuales como el Set de Pocillos Raku de Manos del Alma, o en la Cuchara tallada y pintada a mano Quetzal, donde los materiales naturales adquieren un protagonismo similar al que históricamente han tenido en numerosos hogares mexicanos.


En el caso de Sudáfrica, la decoración contemporánea combina influencias de las distintas culturas del país con una fuerte conexión con el paisaje. Y es que, más allá de la imagen asociada a la sabana africana, gran parte de los interiores sudafricanos mezclan artesanía local con una estética moderna y sobria.
Sus referencias cromáticas provienen de la bushveld —como se conoce en Sudáfrica a la sabana—, las montañas y las costas del país. Predominan los tonos tierra y las texturas naturales, aunque expresiones culturales como los patrones geométricos ndebele y la cestería zulú incorporan notas más gráficas y coloridas. El resultado son espacios que, al igual que en México, encuentran en la artesanía una manera de conectar con la historia y el territorio.


Podría decirse que la consolidación de una identidad propia para el diseño sudafricano fue algo más reciente. Tras el fin del apartheid en 1994, una nueva generación de arquitectos y diseñadores comenzó a reivindicar las distintas tradiciones culturales del país, dando mayor visibilidad a técnicas y oficios locales que durante décadas habían permanecido al margen del diseño dominante.
También es frecuente el uso de materiales como la madera, la piedra, el cuero, el lino y las fibras vegetales, presentes tanto en el mobiliario como en cestas tejidas a mano y objetos elaborados por comunidades artesanas. Una valoración de las texturas y los materiales naturales que encuentra un eco contemporáneo en piezas como el Canasto Trama M de Casa África, cuya confección en fibras recuerda la tradición de la cestería africana, o el Cojín Africa, que comparte esa misma valoración por los objetos tejidos y las formas orgánicas.


Una de las grandes diferencias con México aparece en la relación con el exterior. Mientras la tradición doméstica mexicana se desarrolló en torno a patios y espacios contenidos, muchas viviendas sudafricanas privilegian una continuidad más evidente con el paisaje, difuminando los límites entre interior y exterior mediante terrazas, grandes ventanales y espacios abiertos. Una sensibilidad que también puede apreciarse en las residencias de numerosas figuras del deporte sudafricano, donde los ambientes integrados y las áreas de convivencia al aire libre forman parte de una forma de habitar estrechamente ligada al clima y al paisaje del país.


La comparación entre ambos países demuestra que la decoración puede ser mucho más que una cuestión de estilo. A través de la artesanía, los materiales naturales y las tradiciones heredadas, los hogares se convierten en una forma de preservar la memoria y de mantener vivos los vínculos con el país de origen. Porque, más allá de las distancias geográficas, tanto México como Sudáfrica muestran que los objetos, colores y materiales que elegimos para habitar un espacio también son una manera de conservar las historias y los paisajes que han dado forma a la identidad de cada lugar.
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